Cuando empiezas a formarte como organizadora profesional, es fácil pensar que vas a trabajar con ropa, cajones, cocinas o trasteros. Sin embargo, pronto descubres que esta profesión va mucho más allá del orden físico.
Y sí, trabajarás con todo eso.
Pero no tardarás en descubrir que, en realidad, trabajas con algo mucho más complejo.
Lo que una organizadora profesional aprende al abrir un armario
Trabajas con personas.
Recuerdo que al inicio de mi trayectoria me sorprendía encontrar armarios completamente llenos de ropa que nunca se utilizaba. Pensaba que la explicación sería sencilla. Falta de tiempo. Compras impulsivas. Desorganización.
Con los años entendí que la respuesta rara vez era tan simple.
Detrás de muchas puertas hay historias.
Historias que no siempre se cuentan.
Historias que a veces ni siquiera la propia persona ha sido capaz de verbalizar.
Como organizadoras profesionales aprendemos muy pronto que los objetos no llegan solos a los espacios.
Cada uno ha llegado por algún motivo.
Y cada uno permanece por algún motivo también.
He encontrado armarios llenos de ropa de tallas pasadas. No porque la persona creyera realmente que volvería a utilizarlas, sino porque desprenderse de ellas significaba aceptar un cambio para el que todavía no estaba preparada.
He visto prendas que hablaban de relaciones terminadas, de proyectos que nunca llegaron a hacerse realidad o de etapas que la persona no quería dejar atrás.
También he encontrado cajas llenas de recuerdos infantiles, trabajos escolares o pequeños objetos aparentemente insignificantes que ocupaban un espacio enorme en la vida emocional de quien los conservaba.
Y ahí es donde una futura organizadora profesional debe comprender algo fundamental.
Nuestro trabajo no consiste en decidir por los demás.
Nuestro trabajo consiste en acompañar.
Porque cuando una persona duda ante un objeto, muchas veces no está dudando sobre el objeto.
Está dudando sobre lo que representa.
Por eso no basta con saber categorizar o crear sistemas.
Tampoco basta con tener buen gusto o ser una persona ordenada.
Esta profesión exige escucha.
Exige empatía.
Exige aprender a leer lo que no se dice.
A veces una clienta te hablará durante diez minutos sobre una chaqueta que nunca utiliza.
Y lo que realmente te estará contando no tendrá nada que ver con la chaqueta.
Te estará hablando de una versión de sí misma que no quiere perder.
O de una expectativa que todavía no ha conseguido soltar.
O de una herida que sigue abierta.
Por eso es tan importante recordar cuáles son nuestros límites profesionales.
No somos terapeutas.
No hacemos terapia.
Pero sí trabajamos muy cerca de emociones que aparecen constantemente en los procesos de organización.
Y cuanto antes comprendamos esta realidad, mejor podremos acompañar a las personas que confían en nosotras.
Con los años he llegado a una conclusión.
Los armarios nunca hablan de ropa.
O, al menos, no solo de ropa.
Hablan de identidad.
De cambios.
De pérdidas.
De expectativas.
De miedos.
De recuerdos.
Y aprender a mirar más allá de los objetos es una de las habilidades más valiosas que puede desarrollar una organizadora profesional.
Porque cuando entiendes eso, dejas de ver armarios.
Y empiezas a ver personas.
Detrás de cada armario hay mucho más que ropa. Aprender a verlo forma parte del aprendizaje de esta profesión.


